
“Mami” ya no está. “Mami” era como la llamábamos con mis hermanos, con mi hermana o incluso con mi padre, al menos cuando él estaba con “los niñitos”. En realidad, a veces la llamábamos simplemente “Maa”... A ella, en otros lados la llamaban “Blanca”, “Buchi” (su familia), “Margarita” (en varios de los centros de atención médica que visitó aquí en Cataluña), “profesora” (y tuvo muchísimos alumnos), “señora”... sin embargo, creo que de todos estos “nombres” no hubo ninguno que la hiciera sentir como el de “mami” o el de “maaa”, mío o de mis hermanos. No es que no estuviera feliz con su tarea docente, siempre se sintió orgullosa de su carrera (aunque luego volviera a la universidad para estudiar el traductorado, carrera que terminó pero que nunca llegó a ejercer); tampoco que no se identificara como “Buchi”, porque quiso mucho a su familia o los amigos y amigas que eligió a lo largo de los años; pero lo que siempre quiso, lo que la alegró -y preocupó- hasta el final fue el orgullo y la responsabilidad que asumió con ese nombre, “Mami” o “Maaa”. Recuerdo como esos últimos días en el hospital, cuando por un rato se ausentaba alguno de nosotros, preguntaba “¿Dónde está ________?”. Se preocupó por nosotros hasta el punto de olvidarse de ella misma. Sé que a ella la hubiera hecho sentir incómoda el que yo compartiera su “historia” con otros y en Internet, siempre fue una persona tímida, consciente de sí misma y a veces demasiado autoexigente... por eso fue humilde como pocas, daba mucho y no esperaba demasiado. Sin embargo quiero recordarla con otros y otras, con quienes lean estas líneas, a propósito o por casualidad. Me niego, no puedo olvidarla, y la escritura ayuda...
Sin embargo estas palabras no son su historia, son mis recuerdos o las emociones y los pensamientos que afloran al recordarla. Me cuesta articular, no sé muy bien cómo seguir... me falta mi madre para conversar y al hacerlo ayudarme a aclarar lo que quiero decir. Mami fue una interlocutora increíble, con una capacidad de escucha poco común. En ese sentido era buena terapeuta, y eso será algo que mis hermanos y mi hermana seguramente echarán de menos. No le gustaba mucho hablar de ella misma, aunque lo hiciera indirectamente, hablando de los que amó, de los que fueron parte de su vida: siempre le gustó contarnos las historias de la familia. Incluso aprendí las historias de la familia de mi padre de ella... que las había escuchado de mi abuela, su suegra. Cuando hablábamos, primero me contaba cómo estaba el resto de la familia, luego alguna persona cercana o conocida... y si todos en el entorno estaban bien, entonces ella daba la impresión de encontrarse satisfecha. Cuando hablaba de ella misma, nos contaba sus proyectos., y proyectos nunca le faltaron: idiomas, carreras, libros, piano, viajes, refacciones de la casa, etc. No llegó a cumplir todo lo que se propuso, pero eso se debe a que tenía tantos que seguramente habría tenido proyectos inconcluso si nos hubiera dejado en veinte o treinta años. Pero mi madre no era de quejarse, y las pocas veces que lo hacía, lo hacía con razón. Aún asì, siempre intentó ver las cosas positivas de la vida. Antes de la enfermedad, durante... siempre quiso enfocarse en lo bueno, en lo positivo. Estaba feliz de haber estudiado una segunda carrera, aún si le costó un gran esfuerzo, porque le dio la posibilidad de proyectarse individualmente más allá de la jubilación; fue capaz de sobrevivir a Avellaneda porque pensaba que tenía cerca el trabajo y que nosotros habíamos armado nuestra vida allí; estaba contenta porque mis hermanos hubieran emigrado, pensaba que así tendrían una mejor posibilidad de realizar sus -de ellos- sueños, incluso si dolía tenerlos lejos. Ni hablar de aquellas cosas que la hicieron muy feliz... tener una familia grande fue, sin dudas, una de las que más. Haber podido viajar finalmente a Europa en el 2005 fue otra, aunque muy distinta de la familiar y al mismo tiempo muy ligada a ella. Otras cosas que la hacían feliz: andar en bicicleta, comerse un yoghourt, tomarse un café y acompañarlo con unas galletitas, visitar una librería y comprarse alguna de las ofertas, ir al cine, nadar, leer, silbar, vernos divertirnos o escucharnos contarle nuestras historias, acompañarnos a algún sitio. Seguramente hay otras, pero estas son las que ahora recuerdo. Ah, el verano y caminar por Adrogué o La Plata, ir a la playa o a las sierras, o estudiar piano e idiomas han sido otras. También fue feliz dando clases, aunque probablemente hubiera preferido tener menos horas de materias.
Entre las imágenes que ahora evoco, veo a mi madre sonreír con los pies en el agua en los veranos que pasamos en la pileta (piscina) de Independiente; la veo llevándonos a un museo (el de Ciencias Naturales del Parque Centenario era uno de sus preferidos); la recuerdo colocándose los anteojos para leer las etiquetas de productos que encontró aquí en Barcelona; la siento acariciarme y animarme durante esos momentos en los que las cosas se me hicieron difíciles; la veo recostada en la cama durante alguna siesta o yéndose cansada a dormir durante los años en los que además de hacer las mil y una cosa que hacía en casa, trabajó, estudió y además se hizo el tiempo para ser nuestra madre; la veo llegar a casa -la de Ameghino- en la bicicleta verde, después de haber hecho las compras, con las cincuenta bolsas que traía colgando del manubrio o del canasto trasero; la recuerdo acompañando a mis hermanos al club, a gimnasia, al médico, a alguna de las actividades que todos nosotros hemos hecho; en fin, la veo en tantas cosas que siento, pienso, imagino, que me cuesta creer que ya no estará con nosotros.
Mami sabía escuchar, tal vez por eso cuando hablaba decía cosas que valía la pena recordar o que simplemente resultaron inolvidables. Entre otras nunca olvidaré las siguientes (que aquí, en el recuerdo, parafraseo): “Si aceptás que Dios existe, entonces tenés que actuar con coherencia y vivir tu vida para él”; “Cuando se te pase hablamos” (eso que se me tenía que “pasar” era mi conversión al cristianismo); “Los padres vivimos para nuestros hijos y jamás les pediremos que nos devuelvan lo que les dimos, les tocará a ustedes dárselo a sus hijos”; “Here and now boys” (cita del texto Island de Huxley ); “La mayoría de la gente vive demasiado pendiente de lo material, incluso los que se describen como espirituales”; “Las fotos no son necesarias, las imágenes las guardamos dentro nuestro”.
Entre mis recuerdos más valiosos están los de mi infancia, cuando nos dormía contándonos un cuento (y cómo me gustaba que nos leyera cuentos... nos hacía las voces de los personajes, y los imaginábamos allí entre nosotros), o cuando nos “invitaba” a terminar el juego para bañarnos y comer, barriendo todo hacia uno de los lados de la habitación para luego separar la tierra de los juguetes y tirar estos en su respectivo cajón. También recuerdo las veces en las que, durmiendo la siesta, conseguíamos “su” permiso para salir o para hacer las cosas que sabíamos que despierta no nos dejaría: en voz bien baja, mientras dormitaba, le decíamos “maahh, ¿podemos...?”, a lo que respondía “¿mh? Bueno...”. También recuerdo el día que nos dijo que tendríamos “otro” hermanito/a. Nos reunió a los cinco y lo anunció. Tuvo que aguantarse que la amenazara con mi partida si osaba quedar embarazada una vez más. Pero ¡cómo disfrutó la llegada de la “nena”!, ¡cómo la disfrutamos todos nosotros! También recuerdo cuando la hacíamos enojar o cuando salía a buscarnos y comenzaba a gritar cada uno de nuestros nombres. Cuántas veces quiso llamar a alguno de nosotros nombrando antes el comienzo de los nombres de todos los demás... “Lisan, Pab, Ser... ¡Oscar, adentro!”. Tantos recuerdos... tantas miradas, gestos, abrazos, palabras... tantos que sólo puedo agradecer al cielo por mi madre.
Hay muchas otras cosas que quisiera decir para pintar de alguna manera un cuadro que me permita mantenerla entre nosotros. Obviamente no puedo. No importa cuántas fotos o videos incluyamos, cuantas palabras procuremos... Mami es irreproducible, única, y la vamos a extrañar muchísimo.
Mami se ha ido, pero sigue con nosotros, nos ha dejado un poquito de ella a cada uno, y un poquito de ella ya es mucho. Sigue presente en las miradas, en las manos, en las voces y en los gestos de mi hermana y mis hermanos, en el amor que nos reúne y nos mantiene, y en la esperanza que me mueve, que sabe/cree que este no ha sido el final, que sabe que la veremos en nuestros hijos e hijas, que espera y cree volver a verla por la esperanza de la resurrección...
Blanca Margarita Casazza, 30/09/1945 – 03/06/2008.