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Cumpliendo años

Es 11, voy en el tren de camino al centro de Barcelona, y recuerdo tantos otros 11 de noviembre. Cuando era chico, supongo -porque no lo recuerdo, eso fue hace mucho tiempo- que me haría ilusión cumplir años, que pensar que pronto sería felicitado, saludado, recordado por mis amigos y familia me haría sentir bien. Hoy ya no sé qué pasará mañana, y no tan sólo porque ya no soy tan chico o porque haya perdido las ilusiones de los cumpleaños. Tal vez sea porque ahora insista en lo que escribí el año pasado, o tal vez porque ahora ya sean tantas las veces en las que los cumpleaños han sido como cualquier otro día. Pero tal vez sea como me dijo mi hermano Pablo, el primero de nosotros que tuvo un cumpleaños sin mi madre... ese día se la extraña mucho.

Tal vez sea por eso que no espero demasiado, tal vez sea por eso que las palabras de esta canción de Fito Paez todavía me resuenan mucho hoy, en la víspera de otro cumpleaños.

“Hay recuerdos que no voy a borrar
personas que no voy a olvidar...

Hay aromas que me quiero llevar
silencios que prefiero callar...”

-/-

Ya es 12, ¿feliz cumpleaños? ¿Vale que me lo diga a mí mismo? Puede ser... o no. ¿Qué sentido tiene que me felicite a mí mismo? Tal vez el del recuerdo, el recuerdo de las felicitaciones recibidas, el sentirse que el pasaje, el paso, lo que pasa tiene sentido, recibe sentido, un sentido positivo, y por eso las felicitaciones: “muy bien, a festejar, estás vivo, sigues vivo”. ¿Qué es lo positivo que se proyecta como sentido o en el sentido de un cumpleaños? ¿Qué es lo que se ha cumplido? ¿Con quién se ha cumplido? ¿Se ha cumplido (con los) años? O bien, ¿qué se ha completado, complere? ¿Qué se ha plenificado o hecho pleno? Los años se completan, se llenan, se hacen, se celebran. En cualquier caso, bien podría ser que el lenguaje nos engañara, que no fuera uno quien los cumple, quien ejerce la acción de cumplir, de llenar, de completar, de hacer, de celebrar el tiempo. De ser así se podría dejar de cumplir, pero esa no parece una opción posible. Claro, en el caso de festejar eso es distinto... se podría dejar de festejar los años cumplidos. Así, lo que queda es el festejo, el único sentido posible para un sujeto que sin ser dueño de sí completamente, al menos puede decidir si cumple/festeja años o no. Pero ¿qué se celebra o festeja? ¿El tiempo que pasa? ¿O es otra “cosa” la que se celebra? ¿Se celebra la vida? ¿La vida propia? ¿Pero qué vida si lo que celebramos es su recuerdo? ¿Celebramos la vida pasada? ¿La celebramos por pasada? ¿La celebramos por pasarla? ¿Cómo se pasa la vida? Pero tal vez lo que se celebre sea su futuro, su posibilidad, su “estar siendo” y, por tanto, en lugar de recordar, en un cumpleaños lo que se haga sea festejar un tiempo de ilusión, o la ilusión de un tiempo... la ilusión de un tiempo, del comienzo de un tiempo que es al tiempo la posibilidad de comenzar, arbitrariamente (porque no hay nada más arbitrario que un sistema que mide ¿con qué metro? el tiempo), un tiempo nuevo.

De todos modos, y más allá de las preguntas que me alcanzan hoy (si me alcanzan, ¿de dónde vienen? ¿dónde estaban y en qué tiempo?), en mi cumpleaños, o incluso después de él (quién sabe, tal vez he escrito todo antes esto y ahora ya lo cuento en otro tiempo... quién sabe si no lo he escrito hace mucho, en otro cumpleaños o lejos de todo cumpleaños, como anticipo del tiempo cumplido, realizado, pasado, festejado y padecido), digo hoy he tenido momentos distintos (el tiempo no es homogéneo): anoche me acosté con el saludo de mi hermana, esta mañana me levanté con el de mi padre y una llamada que me alegró el día.

Es cierto, extraño el saludo de mi madre, sin duda, y ahora que lo digo incluso mucho más. Recuerdo que ella solía decir que éste no era sólo mi cumpleaños, sino también el suyo... que ella cumplía años como madre...

-/-

El 12 no pude escribir más. Eso fue ayer. Hoy ya es 13. De nuevo en el tren (y eso de escribir de viaje me resulta muy familiar), recuerdo que al pensar en mi madre en mi cumpleaños ya no pude decir nada más... “silencios que prefiero callar”.

El 12 me dejó varios saludos, pero también varios recuerdos. De personas que ya no están, de personas que de alguna manera vuelven. En Facebook, un espacio extraño, difícil de ubicar, como si fuera un cielo o un infierno, que está arriba o abajo o en ningún lugar, tentación a la que he cedido recientemente, me he reencontrado con muchos y muchas. Bueno, no tantos ni tantas, se trata de grupo pequeños, casi tanto como el de cualquier secta (aunque no sabría decir cuántas ha habido antes). Decía, me he encontrado con varios (des)conocidos, o con sus dobles, sus identidades falsas (o verdaderas, depende de si creemos en la verdad como coherencia o como adecuación...) Por ejemplo, me reencontré con un hombre que conocí hace ya tiempo, holandés, que cumple años hoy 13, y que me recordó que hace mucho, en Alemania, pasamos de cantar mi cumpleaños (comenzamos a las 23:55) a cantar el suyo. Y me hizo notar que fui yo quien pasó de uno al otro aquella vez, casi como hoy. Son esos recuerdos, esos relatos, las formas en las que estamos también en nuestro pasado. Pero también un buen ejemplo del pasar mismo, del pasar arbitrario de un día a otro. De cómo en Alemania cumplía años a una cierta hora, pero en Argentina a cierta otra, y cómo en un momento arbitrario, con toda la arbitrariedad del reloj, pasamos de un día a otro, de un cumpleaños a otro. Y si para algo sirven los cumpleaños, tal vez sea para eso, para recordar arbitrariamente, recordar decidiendo qué se recuerda, o incluso si se recuerda, y con quién se recuerda. Al fin y al cabo cumplir años es tan arbitrario como casi tantas otras cosas similares, como casarse, trabajar, jubilarse o tener hijos. Sin embargo, como cualquiera de estas otras cosas arbitrarias, hay que elegirlas, y está bien elegir reencontrarse con otros y otras, elegir contar historias, reconstruir el inicio, celebrar la vida compartida, sea la de entonces o o la de ahora. Si el tiempo fuera homogéneo, si cada momento fuera igual a cada otro, no tendría sentido ni el festejo ni el recuerdo. Pero festejo el recuerdo y recuerdo el festejo, celebro la diferencia y la posibilidad, los comienzos y los finales, y las arbitrariedades. Y celebro a quienes fueron parte de mi vida junto con los que lo son hoy. Celebro, un poco tarde, mi cumpleaños... ¿pero cómo no celebrarlo después, o incluso antes, si su festejo es arbitrario, y si al recordar los que pasaron decido ilusionarme con los que vendrán? ¿No es así como se festeja un cumpleaños? ¿No es así como se debería vivir, recordando, ilusionándose, festejando, y eligiendo que sea eso lo que se festeja? Pero claro, si el tiempo fuera homogéneo, ¿qué quedaría entonces por recordar, qué por ilusionarse, y cómo aparecería en tal tiempo la arbitrariedad, la cualidad de ser arbitrariamente así? ¿Cómo se daría lugar al acto infundado, o fundado sobre sí-mismo/nada, que es la vida compartida? Pero el tiempo no es homogéneo, por eso ayer fue diferente a antes de ayer y hoy y mañana. Y eso porque arbitrariamente hemos querido que así fuera. Ayer fue mi cumpleaños...


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