La existencia de esta “diversidad escondida” bajo un manto de unidad puede llamar la atención. Pero si tenemos en cuenta los procesos que intervienen en la conformación de las tradiciones religiosas, lo que nos debería llamar la atención es esta apariencia de unidad que el fenómeno continúa teniendo para muchos.
En el caso de las religiones del libro (como en el de otras, si recordamos que no por otras dejan éstas, en su mayor parte, de tener escritos sagrados), uno de los aspectos que originan esta diversidad intrarreligiosa es la producción y posterior apropiación de los textos fundacionales por parte de las comunidades de creyentes. Tal producción/apropiación/expropiación nos remite al doble fenómeno de obra – interpretación. Siempre me ha llamado la atención la relación entre, por un lado, la producción de la obra escrita y su devenir “tradición”, y por el otro entre la interpretación y la traducción, en tanto que la primera resulta un proceso inevitable de la segunda (y viceversa) y ambas de la tradición. Este par de pares “obra/tradición – interpretación/traducción” no deja de tener un mismo hilo conductor: de llevar se trata. Llevar algo pasándolo y asegurando así su continuidad, o conducirlo traspasando fronteras para que, transformado, sea no obstante lo mismo. Trado y ducere, tradición y traducción, o dos formas del mover de un sitio a otro: llevar la obra, que es ya siempre el movimiento y su resultado, en y por la tradición, un movimiento del movimiento cuyo fin secreto es el fin de todo movimiento; llevar la obra en y por la traducción, o el traslado, el trans del llevar o el “llevar más allá de” de la obra, que por eso mismo es su continuación y su transformación en otra cosa, y el llevar la obra en y por la interpretación, o el llevar del “querer-decir” más allá de la obra.